Salmos 63.3-4 “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. 4Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos”. Amén.
Dios
creó en nuestro corazón un hambre espiritual, y David la sintió. A lo largo
de los Salmos lo encontramos meditando en Dios, alabándolo o clamándole.
La mayor alegría de
David era estar con su Padre celestial en íntima comunión.
Tener
hambre del Señor es desear conocerlo y acercarse más a Él. Pero este anhelo no siempre ocupa el lugar central en la vida del creyente.
Ya que esta sociedad tan moderna está llena de distracciones, que
rivalizan con Dios, reclamando nuestro tiempo y esfuerzo.
La buena noticia
es que nuestro anhelo por Dios puede despertarse si cambiamos de prioridades.
Aunque cultivar ese deseo tome tiempo, la alegría y las recompensas
son eternas.
En la medida en que aumentamos
nuestra hambre espiritual, el Señor abrirá nuestro corazón para entenderlo
y anhelarlo más.
Si
buscamos constantemente al Señor, nos saciará con
contentamiento y sensación de plenitud. Despertará un anhelo aún más
profundo en nuestra alma.
El hambre por Dios,
a diferencia del hambre física, se sacia despertando un deseo aún mayor.
Cuanto más llenos estemos, más lo anhelaremos.
Quienes
buscan sinceramente al Señor serán saciados y llenos de gozo inquebrantable.
Feliz día.
¡Dios te
bendiga!
Evangelista
Wilda Messina
(Referencia:
En.Contacto)
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