Salmos 150 (DHH) ”¡Aleluya! ¡Alaben a Dios en su santuario! ¡En su majestuosa bóveda celeste! 2 Por sus hechos poderosos! ¡Por su grandeza infinita! 3 ¡Alábenlo con toques de trompeta! ¡Con arpa y salterio! 4 ¡Alábenlo danzando al son de panderos! ¡Con flautas e instrumentos de cuerda! 5 ¡Con platillos sonoros! ¡Con platillos vibrantes! 6 ¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!” Amén.
Alabar a Dios desvía nuestra atención de las dificultades, y nos orienta hacia la certeza del amor y cuidado de nuestro Padre celestial.
Dios nos
ha hecho un pueblo especial para cumplir propósitos especiales. Isaías 43.21 (NBLA) dice: El pueblo que yo he formado para mí
proclamará mi alabanza.
El adorar
al Señor es proclamar su grandeza. Admirarlo por quién es y por lo
que ha hecho. Si amamos a alguien, es natural hablar bien de ese alguien.
De la misma manera, quienes amamos a Cristo se nos hace fácil elogiarlo,
y enfocarnos en satisfacer Sus mandatos.
La alabanza
eleva nuestra mirada hacia el Señor y llena nuestro corazón de
satisfacción.
La alabanza
y la adoración no son solo para los servicios de la congregación, deben
caracterizarnos dondequiera que estemos. Las ¡experiencias más
íntimas y preciosas de adoración pueden ocurrir cuando estamos a solas con
el Señor!
Feliz día
¡Dios te bendiga!
Evang. Wilda Messina
(Referencia: En.Contacto)
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