1 Corintios 9:24, 27 (PDT) Cuando hay una carrera, todos corren para ganar, pero sólo uno recibe el premio. Así que corran para ganar. Golpeo mi propio cuerpo, lo castigo para controlarlo, para así, no resultar yo mismo descalificado ante Dios…”. Amén.
La vida cristiana es una carrera con rumbo y línea de llegada en la
eternidad.
Cada hijo de Dios tiene su ruta diseñada por el Señor. La meta es permanecer en el buen camino, y
correr con la mirada puesta en Jesús. Gracias a que Él corrió y
terminó la carrera perfectamente, tiene la capacidad de mostrarnos el
camino.
Como toda carrera, hay muchos obstáculos, para hacernos tropezar o desviar. Las tentaciones
parecen pastos verdes, y las ocupaciones nos terminan agotando. La ansiedad,
el temor y las emociones nos llevan a situaciones que el Señor nunca quiso para
nosotros.
Aunque el pecado presenta los obstáculos más evidentes, hay otros que
son más sutiles. Todo lo que tiene prioridad por encima de nuestra relación
con el Señor, puede hacernos tomar el camino equivocado. Inclusive, la familia
y el trabajo nos desenfocan.
Y, un dato bien curioso, es que hasta las bendiciones de Dios
pueden convertirse en obstáculos de la carrera, cuando comenzamos a buscarlas
más a esas que al Señor mismo.
Lo que tenemos que hacer es fijar nuestra mirada en el Señor Jesús. No
solo es nuestro guía, también es nuestro destino.
¡Dios te hable hoy y te bendiga!
Evang. Wilda Messina
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